En un mundo económicamente interconectado como el actual, el colapso de cualquier sistema financiero global afectaría a todos los países, y América Latina, con su dependencia histórica de las exportaciones de materias primas y su vulnerabilidad a las crisis externas, se vería profundamente impactada por cualquier reorganización radical del orden económico mundial que los eventos proféticos implican.
La Iglesia Latinoamericana en el Tiempo Final
Aquí es donde el panorama profético se vuelve más esperanzador para quienes tienen fe.
América Latina alberga hoy una de las comunidades cristianas más grandes y de crecimiento más rápido del mundo. Se estima que más del 90 por ciento de la población latinoamericana se identifica con alguna forma de fe cristiana, y el movimiento evangélico y pentecostal ha crecido de manera exponencial en las últimas décadas. Brasil, por sí solo, tiene una de las poblaciones evangélicas más grandes del planeta.
Esto tiene implicaciones proféticas que los estudiosos de las Escrituras no pasan por alto.
El libro de Apocalipsis, capítulo 7, describe una visión de una multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que están ante el trono de Dios. Esta visión, que muchos interpretan como los redimidos que atravesaron la gran tribulación, incluye explícitamente a personas de toda procedencia geográfica. El continente americano, con su enorme comunidad de creyentes, formaría parte de esa multitud.
La iglesia latinoamericana también ha desarrollado en las últimas décadas una fuerte conciencia misionera. Organizaciones de misiones que nacieron en América Latina ahora llevan el evangelio a África, Asia y Medio Oriente, precisamente las regiones que los profetas identifican como el epicentro de los eventos finales. Muchos teólogos ven en esto un cumplimiento de Mateo 24:14, que dice que este evangelio del reino será predicado en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.
La Persecución: Una Señal que ya Toca el Continente
Jesús advirtió que los creyentes serían entregados a tribulación, odiados por todas las naciones a causa de su nombre. En América Latina, la persecución religiosa toma formas que difieren de la persecución violenta que enfrentan los creyentes en otras partes del mundo, pero que no son menos reales.
En varios países de la región, las iglesias enfrentan presiones legales crecientes. Leyes de ideología de género, restricciones a la libertad de expresión religiosa en el ámbito público y campañas culturales que presentan la fe cristiana como incompatible con los valores progresistas forman un ambiente de presión gradual que muchos pastores y teólogos identifican como el tipo de hostilidad silenciosa que precede a formas más abiertas de persecución.
En Colombia, México y Centroamérica, pastores y líderes evangélicos han sido amenazados o asesinados por grupos del crimen organizado cuando sus iglesias se convierten en centros de resistencia comunitaria contra el narcotráfico. Esta es una forma de martirio que no aparece en los grandes titulares internacionales pero que es completamente real para las comunidades afectadas.
¿Será América Borrada?
La imagen que encabeza esta reflexión, con su promesa de destrucción total, responde más a la lógica del contenido viral que a una interpretación bíblica sólida. La Biblia no promete la destrucción total de ningún continente específico. Lo que sí promete es que ninguna región quedará ajena a los efectos de un juicio que es, por definición, universal.
Pero junto al juicio, la Biblia también promete protección para quienes pertenecen a Dios. El Salmo 91 describe esa protección con imágenes que siguen siendo poderosas: aunque caigan mil a tu lado y diez mil a tu diestra, a ti no llegará. No es una promesa de ausencia de dificultad. Es una promesa de presencia divina en medio de ella.
El libro de Apocalipsis termina no con destrucción sino con renovación. Un cielo nuevo y una tierra nueva, donde Dios habitará con los hombres y enjugará toda lágrima de sus ojos. Esa promesa alcanza a cada persona de cada continente que haya puesto su confianza en Cristo, incluyendo a los millones de latinoamericanos que hoy sostienen esa fe en ciudades, pueblos, selvas y desiertos de un continente que, visto desde la perspectiva de la eternidad, no está destinado a ser borrado sino transformado.
Una Reflexión Final
Lo más importante que la Biblia dice sobre el tiempo final no es geográfico sino personal.
No importa tanto en qué continente vivamos como en qué estado estamos con Dios. La Gran Tribulación, cualquiera que sea su forma concreta, no encuentra igual a todos: el libro de Apocalipsis distingue constantemente entre quienes tienen el sello de Dios y quienes llevan la marca del sistema del anticristo. Esa distinción no pasa por los pasaportes.
Para quienes viven en América Latina y tienen fe, la pregunta relevante no es si el continente sobrevivirá sino si ellos mismos están preparados, no con búnkeres ni provisiones, sino con la paz que, según Pablo en Filipenses 4, sobrepasa todo entendimiento.
Esa es la preparación que ninguna tribulación puede deshacer.
