—Creemos que descubrió algo que no debía.
Recordé entonces los últimos meses. Valeria más callada. Rodrigo llegando tarde. Las discusiones que ella evitaba contarme. Yo pensé que eran problemas normales de matrimonio. Pensé que no debía meterme.
Qué fácil es llamar “problemas de pareja” a las señales que no queremos ver.
Rodrigo llegó poco antes de la una. Entró corriendo al pasillo, con la corbata floja, la cara desencajada.
—¿Dónde está mi esposa?
Carla se interpuso.
—Rodrigo Cárdenas, necesito hacerle unas preguntas.
Él vio la placa y por un instante se le rompió la expresión. No fue culpa lo que vi.
Fue miedo.
Saqué el pedazo de camisa de mi bolsillo.
—Esto estaba en la mano de Valeria.
Rodrigo miró las iniciales. Tragó saliva.
—Eso no es mío.
—Tiene tus iniciales.
—Entonces alguien quiere que parezca mío.
Carla no apartó la vista de él.
—¿Dónde estuvo entre las ocho y las diez de la noche?
—En mi casa. Después salí a buscar a Valeria.
—¿Alguien puede confirmarlo?
Rodrigo abrió la boca, pero no dijo nada.
En ese momento, el busca de Víctor sonó. Revisó el mensaje y frunció el ceño.
—Ignacio… ven conmigo.
Lo seguí hasta radiología. En la pantalla aparecían las imágenes de la tomografía de Valeria. Yo conocía el cuerpo humano como otros conocen las calles de su colonia. Sabía distinguir lo natural de lo extraño.
Y eso no era natural.
Debajo de la piel, cerca del hombro izquierdo de mi hija, había un objeto pequeño, metálico, encapsulado.
—No es bala —dijo Víctor.
—Tampoco material quirúrgico —respondí.
Amplió la imagen.
Era un rastreador.
Antes de que pudiéramos decir algo más, se fue la luz.
Las pantallas quedaron negras. Los monitores dejaron escapar un pitido largo antes de que la planta de emergencia entrara.
Luego, desde el área de urgencias, se escuchó un grito.
Y supe que alguien había venido a terminar lo que empezó…. Continuará en los comentarios
Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.
