PARTE 2: Llamé a Rodrigo con las manos manchadas de sangre.
Contestó al segundo tono, agitado.
—Don Ignacio, ¿ha sabido algo de Vale? Salió después de cenar y no me contesta. Estoy buscándola por todos lados.
Su preocupación sonaba real. Demasiado real.
—Está en San Gabriel —le dije.
Se quedó callado.
—¿Está viva?
Esa pregunta me heló.
—Ven ahora mismo.
Colgué antes de escuchar otra palabra.
Quince minutos después llegó la policía. La detective encargada era Carla Méndez, una mujer de unos cuarenta y tantos, mirada dura, voz tranquila. Le conté lo de las iniciales, el mensaje en la espalda y lo que Valeria me había pedido.
Esperaba que ordenara detener a Rodrigo de inmediato.
Pero no lo hizo.
En cambio, preguntó:
—¿Su hija le habló alguna vez de una llave de caja de seguridad? ¿O de una memoria USB?
La miré confundido.
—¿Qué tiene que ver eso con que hayan atacado a mi hija?
Próxima
Carla sacó una fotografía de una carpeta.
Era Rodrigo.
No en una fiesta familiar ni en una comida. Era una imagen de cámara de seguridad. Rodrigo aparecía junto a una camioneta negra afuera de un edificio federal en Monterrey.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
—¿Qué es esto?
—Llevamos semanas investigando una red de fraude ligada a una empresa biomédica —dijo Carla—. Uso ilegal de expedientes médicos, contratos falsos, pruebas clínicas con pacientes vulnerables. El nombre de Rodrigo apareció hace mes y medio.
—Eso es imposible. Rodrigo vende equipo médico.
—Esa es la fachada.
Víctor, que había estado escuchando en silencio, se acercó.
—¿Y Valeria?
La detective bajó la voz.
Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.
